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The Cruel Sea, una rigurosa, cruda e interesante novela sobre la Batalla del Atlántico
The Cruel Sea. An epic tale of The Battle of the Atlantic. Por Nicholas Monsarrat. House of Stratus, 19 de diciembre de 2011. 452 páginas.
Una de las batallas más importantes de la Segunda Guerra Mundial, y yo creo que además la más larga de todas, fue la Batalla del Atlántico. En ella las fuerzas del Eje, sobre todo mediante la flota de submarinos alemana, intentaron bloquear la llegada de suministros por mar al Reino Unido y a Rusia.
Frente a las fuerzas del Eje estaban la Marina Real Británica con el apoyo de la Marina Real Canadiense y más tarde de la Armada de los Estados Unidos, que intentaban proteger los convoyes de la Marina mercante británica que llevaban esos suministros y más tarde armas y soldados de cara a preparar el Desembarco de Normandía.
Duró, con distintos grados de intensidad, desde el momento en el que se declaró la guerra en septiembre de 1939 hasta la capitulación de Alemania en mayo de 1945. En ella los aliados sufrieron unas 72.000 bajas y perdieron unos 3.500 barcos mercantes y 175 buques de guerra, además de cerca de 800 aviones del Mando Costero de la RAF. Alemania perdió unos 30.000 tripulantes de los 783 submarinos que resultaron hundidos, además de otros 47 buques de guerra; Italia perdió 17 submarinos con unos 500 tripulantes.
El autor del libro, como miembro de la Reserva Naval Real, tomó parte en la batalla como oficial en barcos de escolta de los convoyes, primero a bordo de corbetas y más tarde a bordo de fragatas. Por eso sabe perfectamente de lo que habla en esta novela. De hecho uno de los protagonistas está claramente inspirado en él. Y cuando murió la Marina Real, cumpliendo con sus deseos, lo enterró en el mar en una zona por la que él había patrullado durante la guerra
Precisamente porque sabe perfectamente de lo que habla su novela ha sido siempre reconocida como una de las crónicas más reales de la Batalla del Atlántico que se hayan publicado jamás. En ella los alemanes son claramente los malos. Pero del lado británico no son seres de luz sino que también hay dudas, miedo, cobardía, valentía, quienes se rompen bajo la presión, y todo lo que se pueda imaginar por medio.
De hecho durante mucho tiempo las autoridades británicas y en especial las de la Marina la vieron con malos ojos. Aunque ahora es una novela de casi obligada lectura entre quienes forman la marinería. O en su defecto la película de 1953 [esto es el trailer] que la adapta de forma bastante fidedigna.
Son siete capítulos –uno por cada año de la batalla– que a mí me engancharon desde el principio, así que definitivamente recomendada. Muy recomendada.
Está editada en español como Mar cruel, pero está bastante descatalogada, aunque dejo el enlace por si acaso.
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Convivir durante un año con un robot humanoide implica algunas «cuestiones prácticas» que no te cuentan en los vídeos
Hacía tiempo que no veía una charla TED porque se volvieron un poco… de aquella manera; autoayuda, superación y explicación de obviedades (¿dónde quedó aquello de la Tecnología, Entretenimiento y Diseño?) Por eso me ha alegrado el día escuchar a Emily Kate Genatowski, una historiadora que llevó a cabo un experimento práctico y real como la vida misma: convivir durante un año con un robot humanoide en casa. ¿Qué podría salir mal?
Hay que aclarar primero que el robot es muy capaz: un modelo Unitree G1 EDU-1 con lídar 3D, cámaras de visión y profundidad, micrófonos y un LLM propio. En casa lo llaman, cariñosamente, Tova. Las lecciones que han aprendido de esa convivencia son bastante… terrenales.
- Hay que adaptar la casa (y el seguro) para el robot. Aunque el robot detecta obstáculos, también gesticula y a veces es inconscientemente torpe: muchos objetos valiosos peligran, como comprobó la dueña al ver romperse no pocas tazas, jarrones y todas sus copas de vino. La idea de ampliar la póliza del seguro para incluir al robot fue misión imposible, porque en la aseguradora se pensaron que llamaban para gastar una broma. Nunca habían oído hablar de «seguros para robots domésticos».
- Transportar el robot es un espectáculo. El robot pesa unos 60 kg y viaja doblado dentro de una enorme caja negra de madera. A simple visto, cualquier se imagina que está intentando esconder un cadáver, como en las películas. De hecho eso le dijeron cuando intentó subirlo a un taxi de madrugada para acudir con él a un programa de televisión.
- No todo el mundo quiere robots cerca. Algunos amigos quieren ver al robot en sus fiestas, porque es algo nuevo y divertido… pero otros prefieren que ni aparezca cerca de allí. Su dueña ha aprendido que es mejor no llevarlo cerca de colegios, a casas con niños pequeños, a iglesias… En el futuro habrá que definir dónde pueden entrar y dónde no, como se hace con los perros hoy en día.
- El robot también puede ir a trabajar. Genatowski cuenta que un amigo abrió una cafetería y probaron a llevarlo para que ayudara en tareas sencillas; lo hizo bastante bien. ¿Debería ganar un sueldo? Y si aumenta la productividad… ¿debería pagar impuestos directos o indirectos?
- Los robots sacan lo mejor y lo peor de la gente. Hay dos mundos contrapuestos: en uno una madre animaba a sus hijos a hablar con el robot y preguntar qué había que estudiar para trabajar con ellos. Al día siguiente, un señor mayor intentó arrancarle el brazo (cabra vibes) con la excusa de darle «un buen apretón de manos». La gente también se decepciona, porque Tova es real y limitado y, obviamente, no tan listo como C-3PO o el Comandante Data.
La historia de la tecnología tiene una parte en la que se producen avances sobre el papel, en los laboratorios o en entornos controlados y otra a veces muy distinta cuando los productos salen al MundoReal™.
¿Deben los robots pagar un asiento si viajan sentados en un avión? (sí, ocupan plaza) ¿Deben pagar por entrar al Metro? (mmm…) ¿Quién es el responsable si en una tienda rompen los productos de una estantería porque alguien les ha dicho «¡Hola!» y contestan saludando con la mano? (¿el dueño? ¿el fabricante?)
Se suponía que esto era el futuro, pero es probable que el apocalipsis robótico esté todavía muy, muy lejos.
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